En el umbral de la conciencia

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En el umbral de la conciencia

En el umbral entre el exterior y el interior el Señor hizo al hombre, le dio la misma agudeza visual hacia el interior como hacia el exterior y el hombre creó el mundo entre las reflexiones de su mirada exterior e interior.

El hombre tiene ojos hacia el exterior y hacia el interior – tiene una visión equilibrada y, según la misma, vive una relación exterior e interior. En la relación exterior, en el primer móvil del hombre, actúa la naturaleza o el instinto (relación de partida), en el segundo móvil actúan la opinión o la conciencia (relación de retorno).

El hombre es el único ser de la creación que vive la relación interna. El animal sólo vive la externa, porque no hay conciencia de la mirada interna ni libre albedrío, que podría manifestarse internamente. El animal se encuentra en la base o en el punto de partida no conciente, por lo que es una opinión automática de lo Divino.

El hombre está atrapado en su propia conciencia y la intención de determinar es la opinión del punto de partida Divino en la medida que abandona la conciencia de lo propio.

La opinión es el resultado de la relación y es igual desde todos los lados, independientemente de tu mirada o de cómo te toca.

Los hechos siempre hablan por sí mismos, por eso no justifiques los hechos con tu valoración.

La naturaleza humana, como la naturaleza los animales, actúa como una opinión, por su conciencia el hombre está situado en un punto de partida (presente dividido), también si tanto la naturaleza como la conciencia humana es sólo una reflexión de la base o el punto de partida Divino. Si el hombre toma una posición de partida en relación a la vida en sí mismo, lo Divino en él permanece en el negativo y el hombre sigue siendo un reflejo de lo Divino que transcurre. Sólo cuando madure hasta que también en su vida interna cobre vida como opinión de lo Divino, lo Divino en él se convierte en un punto de partida.

Todavía la nada está en su lugar. Cada menos es, en realidad, un más y cada más es, en realidad, un menos, por lo que el más y el menos se atraen entre sí. Esta encrucijada se resuelve en la relación externa e interna. El hombre en primer lugar se separa de la relación externa, después de la relación interna. Las relaciones externas son las relaciones de tu naturaleza, las interiores son las relaciones del hombre.

La vida en ti es de Dios y desde el día que naces, naces hacia la inmortalidad. Si te sometes a la vida en ti, la vida en ti tiene la luz de lo eterno, pero si la vida que se te ha dado la vives como tuya, colocas lo Divino en la mortalidad y en ella transcurres. Si el hombre se sometiera a lo Divino que hay en sí, todas las relaciones pasarían a ser algo Divino, pero el primario te acosa y trata de entrar en la relación en su nombre, porque sólo de esta manera puede llegar a tener superioridad sobre ti.

Nada que está fuera te exige ni tiene ningún impacto en tu subordinación interna, pero la subordinación interna te permite subsistir en las relaciones externas que contra tu voluntad te presenta tu naturaleza.

El hombre es consciente de sí mismo o del otro. Si dos son conscientes de si mismos de forma separada se encuentran en una situación insostenible, si unos a otros proporcionan una base en el subconsciente están en paz unos con otros. El secundario observa conscientemente, pero subconscientemente – el primario observa de manera consciente y también en el otro fomenta un estado consciente. Mientras el hombre pueda intercambiar el tema de la conciencia será sostenible en su propia conciencia, pero cuando su propia conciencia entra en contacto con uno mismo, ya no podrá ser soportado.

En cualquier conciencia de si mismo el hombre se siente como un mentiroso, al ser consciente de cualquier cosa siente la verdad. El hombre no necesita estar consciente de cualquier cosa, la conciencia se nota en todo lo que haya abandonado a si mismo.

Cualquier persona que juega en los instintos de tu conciencia es un mentiroso ante la vida. Cada acción que te libera del cautiverio de tu propia conciencia es la misericordia hacia la verdadera conciencia.

Cuando la conciencia, pasando por toda la oscuridad llega al extremo más alejado, al punto cero real, entonces tú ya no eres el árbitro de la conciencia en ti mismo, sino eres la vida.

El hombre es en su propia conciencia antes de ser, ya que en el interior nada puede despertarlo en la verdadera conciencia hasta que no abandone lo externo. Mientras estés entre el mundo exterior y el interior, ondulas entre los dos, pero cuando abandonas el exterior, nada que se encuentre en el exterior podrá tocar al interior. Ninguna perfección externa será capaz de revivir el mundo interior. El mundo exterior excluye al interno y viceversa, sólo en reflexiones el interior se subordina al exterior y se refleja en el interior.

El horizontal es el primer espejo (giro exterior), un ángulo de 45° es el segundo espejo (giro interior), el vertical es la realización de la relación condicional, en ella cada más condiciona a cada menos y cada menos lo hace con el más. Jesús puso el límite entre el exterior y el interior, abrió una relación interna.

La lanza en el corazón del Más puro ha partido el hilo de lo externo a lo interno, pero dijo al Padre en una total subordinación interna: »Perdónalos, porque no saben lo que hacen.«

Ahora en la relación interna lo Divino se encuentra cubierto y se está realizando y todo lo exterior sin la base del espejo interior se está apagando.

El Señor colocó al hombre en el umbral de la conciencia – en esta era nace la conciencia en el hombre y en él el mundo del Señor, del hombre por el hombre que en él abre la realidad pura.

 

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