Aquello que queda

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Aquello que queda

Cuando se extingue la reflexión, se extingue todo lo que el hombre tomó para sí mismo y queda sólo lo que el hombre condicionó a otro.

Cuando se extingue la reflexión, no hay más caminos, dejando sólo lo que está condicionado desde los dos lados.

La vida es el poder ofrecido, pero las personas se acercan por la impotencia, porque sólo en el silencio de la muerte somos todos iguales. El Señor pone al hombre en la impotencia para que se haga responsable, porque en la impotencia nadie puede poner a nadie en la muerte.

Cuando se te otorgue el poder de hablar, haz cualquier cosa, pregúntate si hablarías, harías lo mismo si fueras impotente y solamente luego habla y haz. De lo contrario opta por permanecer en silencio y no hacer nada.

Si la vida le otorga el poder, habla y haz sólo lo que harías si fueras impotente, solamente así podrás aprovechar el poder ofrecido de la vida y nunca pondrás a nadie en la muerte.

Alguien permite la impotencia y parece inconsciente, alguien todo lo controla de manera consciente, pero beneficia a todos y utiliza el poder del inconsciente.

Poder – impotencia, conciencia – inconsciencia son dos caras de una relación par e impar, la relación del poder y la impotencia, de la aceptación y no aceptación de la muerte en uno mismo, lo que se refleja en todas las relaciones fuera de ti y vuelve a ti como uno u otro, como la aceptación o no aceptación de la impotencia como base de la relación real de aquello que queda.

Mira al cachorrito, ¿acaso no es hábil en su juego? Mira el gato, ¿acaso no más hábil que el perro en su flexibilidad? Pero si nos fijamos en la araña, ¿acaso no es su red más hábil que un gato o un perro con su su inconsciente precisión? Y si nos fijamos en el diamante, acaso no es el más glorioso de todos, pero en la flexibilidad el más hábil de todos – en la luz brilla a su grandeza.

Sólo en los completos descontroles brilla el dominio y sólo la inconciencia crea conciencia.

Cada uno cree que tiene que ser más grande que aquello, que desearía controlar, pero sólo puedes controlar aquello de lo cual eres más pequeño. La crueldad nunca dominó a la crueldad, únicamente la alimentó. Sólo la misericordia puede dominar la crueldad – a más crueldad, es necesaria más misericordia para poder dominar la crueldad.

 El domador es más pequeño que el león, ya que sólo lo que es más pequeño que tú puedes sentirlo dentro de ti y sólo aquello que es más pequeño, te siente, pero lo más pequeño de todo es la vida.

En la pequeñez se abre el mundo del uno al otro, en la grandeza está la lejanía y no existe soledad más grande que el alma del hombre que se encuentra por encima de otras.

El hombre debe reducirse primero ante sí mismo, para que no pueda controlar lo inconsciente en si mismo con su conciencia.

La vida es la mayor sutileza de todo, que de los velos de lo inconsciente tejen sus alfombras, pero sólo las alfombras tejidas del tiempo donado nos llevan a los aposentos de las cercanías de la criatura más alejada y aislada entre todas las criaturas – el hombre.

 El Señor es grande, en nombre de los pequeños y, hasta que esto te inquiete eres demasiado grande ante el Señor.

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